Los avivamientos casi siempre comienzan con una persona a quien Dios, en su soberanía, atrae y prepara para iniciarlos. Dios siempre obra a través de las personas, y nadie buscará persistentemente un avivamiento si no es guiado primero por el Espíritu Santo.
Esa persona en particular no asume esta tarea por sí misma. Es iniciada por Dios, para que solo Él reciba la gloria por lo que ocurra. Siendo así, el avivamiento siempre comienza en el corazón de una persona antes de extenderse a las masas. Este es un principio que debemos tener presente al prepararnos para un avivamiento.
"¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?" — Lucas 24:32
El fuego más grande de un bosque puede comenzar con una pequeña chispa. Del mismo modo, los grandes avivamientos de la historia no comenzaron con multitudes, sino con un corazón rendido, una oración sincera o una persona hambrienta de Dios.
No desprecies los comienzos pequeños. Dios no necesita una multitud para encender un avivamiento; necesita un altar dispuesto. Una oración puede cambiar una familia. Una familia transformada puede impactar una ciudad. Una ciudad puede influir en una nación.
En hebreo, la palabra אֵשׁ ('esh') significa fuego. En la Escritura, el fuego representa la presencia de Dios, su santidad, su poder purificador y su acción transformadora.
El avivamiento no comienza cuando el fuego se hace visible, sino cuando Dios encuentra un corazón dispuesto a arder.
Los grandes despertares espirituales —como el de Gales, Azusa Street o Corea— tuvieron un mismo origen: una "chispa" de personas que se negaron a conformarse con una fe rutinaria y clamaron hasta que el cielo respondió.
"No esperes un gran fuego; sé la chispa que Dios está buscando."

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