jueves, 23 de febrero de 2012

EL ESPÍRITU SANTO, GUÍA FIEL E INFALIBLE


Esteban Grellet era un fiel predicador de la Sociedad de los Amigos. Era hombre de fe que andaba en obediencia a las órdenes de Dios. Un día, después de haber suplicado que el Señor le revelara su trabajo, fue dirigido por el Espíritu a hacer un viaje a las profundidades de la montaña para predicar el evangelio a los trabajadores de un campamento de madereros. Guiado por el Espíritu, hizo el viaje, gozando gran paz y gozo en su alma. Llegó exactamente al lugar que le fue señalado en su oración.
Ciertamente, encontró el campamento, pero ¿cuál fue su sorpresa? ¡Estaba abandonado! Los leñadores y madereros se habían trasladado más allá en la selva. Esteban estaba segurísimo que traía un mensaje dado por Dios. Entró en un edificio abandonado que había servido de comedor para los trabajadores. Pasó adelante, predicó su mensaje y al terminar sintiéndose sumamente feliz, regresó a su casa habiendo cumplido la voluntad de su Padre Celestial.
Muchos años pasaron y Esteban no sabía de ningún fruto de aquella predicación.
Solamente sabía que había obedecido la voz del Espíritu.
Un día una persona desconocida se le acercó y le saludó con las palabras: “Por fin le encontré.” “Pero, Amigo,” dijo Esteban. “Creo que te equivocas. Estás equivocado.”
“Pero no estoy equivocado”, insistió del desconocido. “¿No predicó usted en una cierta ocasión en el campamento abandonado en la montaña?”
“Cómo no”, respondió el siervo de Dios, “pero yo no vi a persona alguna que me escuchara.”
“Yo estuve presente” contestó el desconocido. “Yo era el caporal de la cuadrilla de los madereros. Habíamos traslado el campamento a un lugar más metido en la selva, y estábamos levantando nuestras chozas, cuando me di cuenta que había dejado mi barreta en el campamento viejo. Después de encaminar los trabajos, yo solito regresé para traer mi barreta. Y al acercarme al lugar me puse a temblar y sentirme muy nervioso. Por las hendiduras entre las lepas del comedor abandonado, me quedé escuchándole, y fui profundamente convencido de mi pecado.
Cuando regresé y me junté con mis compañeros, llevé una flecha de la Palabra de Dios bien prendida en mi corazón. Yo me puse muy triste por mi pecado y sufrí hondamente por su causa.
No tenía Biblia, tampoco ningún buen libro ni persona con quien hablar de las cosas espirituales.
“Mis compañeros eran hombres muy perversos. Mi tristeza y pesar aumentaban con el paso del tiempo. Por fin logré un tesoro sagrado, una Biblia. Comencé a leerla y seguí leyéndola hasta encontrar las palabras con que logré la vida eterna. Conté las buenas nuevas a mis compañeros y todos se convirtieron. Tres llegaron a ser misioneros y fueron usados grandemente por el Espíritu Santo en conducir pecadores al Salvador, y yo”, agregó el desconocido, “he tenido gran deseo de verle para contarle que su mensaje en aquel comedor abandonado ha sido el medio usado por Dios en la conversión de no menos que mil almas.”
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lunes, 20 de febrero de 2012

HABIA UNA VEZ UN HOMBRE RICO



La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y derribó sus alfolíes y los edificó mejores, y allí juntó todos sus frutos. Y había mendigos a la puerta de él deseando hartarse de las migajas que caían de su mesa, mas nadie se las daba.
Y el rico subía todos los días al templo a orar. Y junto a él iba siempre su hijito Samuel. Y de pie oraba el rico. De esta manera: Señor, te doy gracias que no soy como los otros hombres. Señor, te doy gracias por mi trigo, y por mi maíz y por mis alfolíes. Señor, ¡ayuda a los mendigos, a los hambrientos, a los pobres que no tienen las bendiciones materiales que tengo yo! Y mientras oraba, lloraba.
Y aconteció un día, que el pequeño Samuel, después de la visita al templo llegó hasta su padre y le dijo: Padre, hoy como ayer, he escuchado tu oración. ¡Cómo quisiera tener alguno de tus depósitos de trigo! Y el padre le dijo: Todas mis cosas son tuyas. ¿Qué harías con el trigo si lo tuvieras?
Y respondió el hijo: ¡Yo contestaría tus oraciones!

Alejandro Clifford

martes, 7 de febrero de 2012

MI DEDO ERES TU



Cierto hermano solía repetir en todas sus oraciones en la iglesia, una frase como estribillo. Hablando de los inconversos, de las personas sufridas que no tienen paz, él orando por ellos decía:
- Tócales con tu dedo, tócales Señor.
Un día, al acabar de pronunciar sus conocidas palabras, quedó parado, como si no pudiera seguir adelante. Al fin, pero muy turbado, pudo concluir su oración.
Concluido el servicio, un hermano le preguntó:
- ¿Qué le ha sucedido, creímos que le había pasado algo?
- Pues me ha sucedido que, al concluir de pedir al Señor ¡que les tocase con su dedo! he oído su Voz que me decía: ¡Mi dedo eres tú, ve y tócales!.
Mis queridos hermanos y amigos. A veces en el servicio a Dios, llenos de buenas intenciones, oramos para que Dios en su misericordia haga algo por alguien, pudiendo nosotros hacerlo por nuestros propios medios. Dios dejó a Su iglesia en la tierra para que haga el trabajo. Con qué frecuencia se nos olvida que nosotros somos el instrumento de Dios. La próxima vez que ores a Dios para que Él haga algo o toque la vida de alguien tal vez Dios te conteste: "Mi dedo eres tú".